martes, 19 de julio de 2016

El linaje de Sherlock Holmes

Variaciones, reinvenciones y resurrecciones

Publicado en "El Ingenioso Hidalgo" (I.E.S. Cervantes) en abril de 2011



Aquejados de una dolencia moral semejante al complejo de Edipo, los detectives de novela tienen la fea costumbre de orinar sobre las tumbas de sus antepasados. Sherlock Holmes lo hizo sobre la de su padre Auguste Dupin (padre espiritual, se entiende, pues los personajes literarios no suelen tener descendencia física como las ideas no dan lugar a existencias, argumentos ontológicos aparte). En Los asesinatos de la calle Morgue, Dupin exhibe su destreza deductiva reconstruyendo la cadena de pensamientos del silente acompañante de paseos y cómplice de extravagancias. Lo mismo haría, varias décadas después, Holmes para sorpresa del siempre dispuesto a sorprenderse doctor Watson.
También la micción holmesiana discurre más espiritual que biológica, más metafórica que literal. En realidad, Holmes fue hijo de muchos padres, algunos ficciones literarias como el Dupin de Poe o el sargento Cuff de Wilkie Collins (La piedra lunar), otros físicamente consistentes como el delincuente-policía Vidocq, el doctor en medicina Joseph Bell o el más conocido de todos, el escritor y cazador de hadas Arthur Conan Doyle. Este último dejó a la posteridad uno de los mayores monumentos a la desvergüenza, cuando en su Estudio en escarlata puso en boca del pobre Sherlock sentencias vomitadas a traición como puñaladas traperas: “Dupin era un hombre que valía muy poco. Aquel truco suyo de romper el curso de los pensamientos de sus amigos con una observación que venía como anillo al dedo, después de un cuarto de hora de silencio, resulta petulante y superficial”. Y se quedó tan tranquilo, ¡él, que no hizo otra cosa que volver una y otra vez a los mismos recursos narrativos de Poe!
Sherlock Holmes tuvo a su vez hijos que renegaron de su ascendencia o, peor todavía, escupieron sobre ella. Quizá el único que soporta su linaje con cierta dignidad sea el detective belga Hercule Poirot –léase erkiul puagó-, cuyas historias siguen una diabólica progresión que lleva primero al desvelamiento de su watson ocasional como narrador veraz y ¡a la vez! frío asesino y después a que el propio detective se convierta personalmente en criminal al servicio de una justicia superior a la establecida por las leyes humanas. Quien desee comprobar por sí mismo lo que acabo de decir puede leer, en el orden indicado, El asesinato de Roger Ackroyd y Telón, con seguridad las dos mejores novelas de Agatha Christie. Nada hay nuevo bajo el sol: otro holmes televisivo, el investigador forense Dexter Morgan, lleva esta tendencia al extremo al soportar una doble vida como detective de día y, de noche, asesino en serie que elige a todas sus víctimas entre los otros asesinos en serie.
De otros como el Marlowe de Chandler, el Continental Operator de Hammet, el Nero Wolfe de Rex Stout, el Brunetti de Donna Leon o el Wallander de Mankell podemos decir que afirman su personalidad asesinando al padre común, en algunos casos abuelo, aunque cada uno siguiendo su propio método: Hammet y Chandler prescinden de Watson al narrar en primera persona, pero sobre todo reivindican el realismo en el género policial, el primero introduciendo los auténticos métodos de los detectives de verdad, que conocía muy bien por haber sido uno de ellos, y el segundo rechazando que los asesinos reales planifiquen sus crímenes como ejercicios de lógica. Rex Stout sigue el camino diametralmente opuesto hasta la abstracción casi absoluta: Nero Wolfe (“cerebro conservado en grasa”) no necesita salir del apartamento que habita, su particular 221B de Baker Street, para resolver los enigmas que le encargan y así obtener el dinero suficiente para sufragar sus costosas aficiones: gastronomía, cerveza y orquídeas. Eso sí, conscientes de ser los percevales y amadises de los días que les ha tocado vivir, todos ellos pueden saltarse ocasionalmente la ley, pero nunca traicionan su ideal caballeresco: de Marlowe dijo su creador que podría seducir a una duquesa, pero dejaría intacta a una virgen. Quijote puro, pero también duro.
Ya en el siglo XXI Brunetti y Wallander hacen más que colaborar con la policía, son ellos mismos policías (socialdemócratas convencidos, prefieren lo estatal a lo privado). Paradoja en carne viva: ¿acaso puede un funcionario, esclavo de la ley, actuar como caballero andante que elige libremente servir a la justicia? Pues la mitología holmesiana no es en el fondo distinta de la épica caballeresca, mutando tan sólo espada y lanza por observación y razonamiento, y demuestra su actualidad reinventándose a sí misma, adoptando nuevas formas para contenidos vetustos, odres nuevos para vino viejo. En 2010, hace más o menos un año, pudimos ver una superproducción cinematográfica que a algunos gustó y a muchos decepcionó, y de la que llega ahora una segunda parte. Otra serie de televisión nos muestra cómo sería un Holmes actual: homosexual no practicante con página web propia, crítico con la guerra de Afganistán (de la que Watson vuelve herido, como en la obra original, ¡publicada en 1888!) y que supera su adicción al tabaco mediante parches de nicotina, imposible sustituto de la insustituible pipa o de la innombrable solución de cocaína al 7%; peajes artificiales a la corrección política dominante, que sin necesidad restan interés a una producción por lo demás bastante aceptable.
Y parece ser que pronto llegará al cine el mismo Sherlock Holmes visitando el Madrid de hace cien años. Película made in Garci, calidad mínima garantizada, ¿alcanzará la altura artística que el tema reclama y de la que el mismo Garci (ex alumno del Cervantes) ya se ha mostrado capaz en otras ocasiones? Yo, al menos, espero que sea así. Mientras llegan los nuevos estrenos podemos recuperar las dos mejores visiones cinematográficas del personaje: El perro de Baskerville, de Terence Fisher, y La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder. Disfrutad de ellas, merece la pena.