domingo, 22 de enero de 2017

La insoportable levedad de ser (cerveza)


Este diálogo imagina un imposible por anacrónico encuentro entre Descartes y Berkeley en torno a un tema de debate: la realidad objetiva o subjetiva de un vaso de cerveza. A esta discusión se une más adelante Kant. 

Pensado especialmente para que los alumnos de Bachillerato se introduzcan en los problemas de la teoría del conocimiento, este diálogo va acompañado de una guía didáctica que puede consultarse aquí


El sabor de la cerveza, ¿está en la cerveza o en quien la saborea?

Descartes.- ¡Qué situación más curiosa! Nos hallamos aquí tú y yo sentados, agobiados por el calor, y nos sirven esta jarra de cerveza helada: solo esperar el placer de saborearla ya adelanta parte de ese placer, después la simple visión de la jarra helada hace que experimentemos una cierta sensación de frío y, por último, el líquido frío y suavemente amargo en la boca: las sensaciones de calor y sed desaparecen y van siendo sustituidas por una gama de sensaciones placenteras. ¡Nunca me he sentido más cerca del paraíso!


Berkeley.- Bueno, tampoco hay que exagerar. En la vida se suceden permanentemente placer y dolor, dolor y placer, y hay quien dice que en esta sucesión y alternancia está el único antídoto posible contra la monotonía y el aburrimiento.

D.- Sí, pero no es eso lo que me llama la atención, sino el comprobar hasta qué punto lo que sucede en la mente carece de conexión directa con el mundo físico.

B.- ¿Te importaría explicarte?

D.- Está claro lo que quiero decir: el simple deseo anticipa sensaciones, como ocurre cuando saboreo imaginariamente la cerveza; la visión contagia algo del objeto visto a la mente que lo percibe, como cuando veo la jarra y empiezo a experimentar la sensación de frío...

B.- ¿Qué tiene eso de extraordinario, si tú y yo estamos de acuerdo en que tanto el sabor como el frío son sensaciones, y como tales no pueden existir si no son sentidos por una mente? ¿O es que crees que este suave amargor de la cerveza tendría algún tipo de realidad si nunca nadie hubiera saboreado la cerveza?

R. Descartes
D.- No, por supuesto: alguna vez he intentado creer, como hace espontáneamente la mayoría de la gente, que además del “sabor” que experimento existe un cierto “sabor” en la cerveza misma antes de que yo la pruebe, pero finalmente he tenido que reconocer que no entendía lo que trataba de pensar. ¿Qué es ese sabor que existe sin ser saboreado por nadie? Prueba de que tal cosa es absurda es que la misma cerveza puede ser saboreada de diferente manera, dependiendo de mi estado de salud, de los alimentos que he tomado inmediatamente antes, etc. En definitiva, tal sabor no está en la cerveza sino en el sentido del gusto (o, mejor dicho, en una mente dotada de tal sentido): por tanto, un sabor que no es saboreado ni por mí ni por nadie, sencillamente, no es ningún sabor.

B.- Y un frío que nadie siente no es frío en absoluto.

D.- Exactamente.

B.- Admites, por tanto, que tanto el sabor amargo como el frío de la cerveza no se hallan en la cerveza, sino en la mente.

D.- Sí, y puedes ampliar la lista, si quieres: tampoco ese color amarillo tostado sería real si nadie lo viera; ni ese olor especial que hace que los expertos puedan distinguir las variedades de cerveza sin llegar a probarlas: no habría tal olor si en el mundo nadie estuviera dotado del sentido del olfato; ni tampoco la blandura y liquidez que experimentamos por medio del tacto: sin ese sentido tales cualidades sencillamente no existirían...        

B.- ¿De qué te extrañas, entonces? ¡Las sensaciones aparecen y desaparecen en la mente, y no hay que buscar su realidad fuera de ella!



¿Existen fuera de la mente las causas de las sensaciones?



D.- Es cierto: por eso a las sensaciones las he llamado “cualidades secundarias”; pero también es verdad que estas cualidades no aparecen en la mente cuando la mente quiere, sino que deben responder a ciertos cambios reales ocurridos en las cosas, cambios que se describen adecuadamente en términos de “cualidades primarias”[1].

B.- Pon un ejemplo.

D.- Sentimos la cerveza como un conjunto de sensaciones: colores, sabores, olores, liquidez, frío, etc., pero en realidad la cerveza no es nada de eso; podemos pensarla como un conjunto de partículas definidas por una figura y una posición espacial, que además cambian de posición en el tiempo desplazándose mutuamente, etc., y que entra en relación con otros cuerpos y con la luz, que es como un cuerpo sutilísimo que llena todo el espacio y que es reflejado de diferentes maneras por las superficies: a grandes rasgos, esta es la realidad de la cerveza, y la forma como afecta a nuestra mente esta realidad provoca las sensaciones: así, si las partículas se mueven más rápido o más despacio nosotros experimentaremos frío o calor; dependiendo de la posición, número y movimiento de las partículas aparecerán diferentes tipos de sustancias que, en contacto con las terminaciones nerviosas, producirán los diferentes sabores y olores, etc. Los físicos podrán completar o corregir en parte esta descripción y dar distintos nombres como “átomos”, “moléculas”, “electrones” y otros a lo que yo he llamado en general “partículas”, pero deberán estar de acuerdo conmigo en que lo que define a estas realidades últimas inderivables de otras son las cualidades primarias: posición, movimiento, número y otras similares.

B.- Es curioso lo que dices: ciertas sensaciones existen solo en la mente, pero otras como la figura, el movimiento, el espacio, el tiempo y el número existen en la mente y en realidad; ¿por qué unas sí y otras no?



Ideas de razón e ideas de los sentidos.



D.- Más despacio: yo no he dicho nunca que las ideas de las cualidades primarias sean sensaciones.

B.- ¿Ah, no? ¿Y qué son, entonces?

D.- Está claro: ideas que nunca han entrado en la mente por los sentidos porque siempre han estado dentro de ella. ¿Quién ha podido captar la idea de espacio por medio de los sentidos? ¿Y el tiempo? Son ideas que, o se tienen desde siempre, o no se podrán adquirir nunca. Lo mismo se puede decir del número. Estas tres ideas (espacio, tiempo, número) presuponen el conocimiento de la infinitud, conocimiento que ningún sentido puede proporcionar. Pero fíjate que el resto de las ideas de las cualidades primarias dependen de ellas: la figura es una porción de espacio, por lo que si no entendemos el espacio tampoco podemos entender la figura; la comprensión del movimiento y la velocidad requiere la comprensión previa del espacio y el tiempo, etc.

B.- Como tú bien sabes, nuestro común amigo John Locke piensa de modo bien diferente: él admite, como tú, la diferencia entre “cualidades primarias” y “cualidades secundarias”, pero cree que esta diferencia se basa en que las secundarias se captan por un solo sentido y las primarias por más de uno[2]. El sabor de la cerveza es subjetivo porque requiere necesariamente del sentido del gusto, mientras que la posición es objetiva porque puede ser sentida tanto por la vista como por el tacto (e incluso por otros sentidos como el oído, si alguien golpea la jarra, o el olfato, si compruebo que la intensidad del olor aumenta en una dirección y disminuye en otra).

D.- Creo que Locke confunde la causa con la consecuencia: las ideas primarias no son objetivas porque las percibamos por más de un sentido, sino que las percibimos por más de un sentido porque son objetivas. Los sentidos confirman nuestra idea de posición espacial, pero para entender esta idea necesito, como ya he dicho, poseer la idea de espacio, y esta no me la pueden proporcionar los sentidos: la encuentro en la razón. En cuanto a lo que conocemos exclusivamente por los sentidos, pienso lo mismo que tú: una sensación solo puede existir si es sentida por alguien, por lo que hablar de colores que existen sin que nadie los vea, sabores reales que no son saboreados, etc. es una contradicción en los términos; sencillamente, lo que yo entiendo por “amarillo” es una cierta sensación y solo puedo pensar en un amarillo que es captado por alguna mente gracias al sentido de la vista. ¿Qué sentido tiene preguntarse si esta cerveza seguiría siendo amarilla si nadie la hubiera visto ni la fuera a ver nunca? Si a esa pregunta respondemos que sí, solo podemos querer decir esto: “si alguien la viera, experimentaría esta misma sensación”.

B.- Me alegra comprobar que en este punto estamos de acuerdo, aunque yo aña­di­ría dos consideraciones más: no tiene sentido decir que unas sensaciones son “más rea­les” que otras, pues deben darse necesariamente juntas; ¿cómo percibir la figura o la po­sición si no es acompañada de color, dureza, frialdad o cualquier otra de las llamadas “cua­lidades secundarias”? Además, si rechazamos la objetividad de los colores, olores, sa­bores, frío y calor, dureza y blandura, etc. por su variabilidad (la misma cerveza puede ser suave o terriblemente amarga, la misma agua puede parecer fría o caliente, etc.), ¿no de­beríamos decir lo mismo de, por ejemplo, la figura? ¿O es que el borde de esta jarra es, para ti o para mí, un círculo perfecto? Demos vueltas en torno a ella y veremos cómo su forma varía.

D.- Eso es lo que me dicen los sentidos, pero mi razón comprende sin dejar lugar al­guno a la duda lo que es la forma circular.



¿Dios garantiza la realidad de nuestras ideas?



B.- Está bien, dejemos este tema y supongamos por un momento (aunque no creo que sea verdad) que las llamadas “cualidades primarias” se conocen por la razón y no por los sentidos. En cualquier caso, ¿no crees que es todavía más difícil de aceptar que unas ideas que ni siquiera han entrado en la mente por los sentidos se correspondan con eso que tú y otros llamáis “la realidad extramental”?
D.- Contestar a esta pregunta me obligaría a explicar demasiadas cosas que no tie­nen una relación inmediata con lo que estamos discutiendo: qué cosas pueden ponerse en duda, cuál es mi primera certeza (mi propio pensamiento) y qué descubro al exa­mi­nar mi pensamiento; en concreto, descubro una idea (la de infinito) que debe tener un ori­gen externo a la mente y descubro que tal origen solo puede ser el mismo ser infinito, el cual garantiza que la mente no se equivoca cuando afirma que lo que encuentra en su fon­do se corresponde con la realidad... En todo caso, podemos evitar esta demostración, ya que tú, como buen clérigo, también admites que un ser perfecto e infinito ha creado la mente humana de tal manera que no pueda equivocarse en lo que conoce con evidencia.
G. Berkeley
 
B.- No tan deprisa: para empezar, yo no creo poseer una idea de “infinito” más que negativa, la cual me basta para admitir lo que la religión me dice que debo creer, pues para eso no se necesita comprender positivamente la infinitud. “De Dios solo po­de­mos decir lo que no es”, han dicho muchos sabios y santos y no seré yo quien les con­tra­diga. Además, me parece poco serio sostener que Dios es necesario para afirmar la rea­lidad de esta cerveza que estoy viendo y saboreando.

D.- Pero, según me han dicho, tú haces lo mismo.

B.- Ni mucho menos: afirmo que esta cerveza es sin duda real puesto que yo la veo y la saboreo, y no entiendo ningún otro tipo de realidad que este ser vista y sabo­rea­da; como ves, no echo mano de Dios para nada. Lo único que planteo más adelante, y solo una vez que este punto de vista ha quedado establecido firmemente, es que la per­ma­nencia de las cosas percibidas solo puede asegurarse si son percibidas per­ma­nen­te­men­te, lo cual es de sentido común y casi da vergüenza tener que decirlo; y ello implica la existencia de un ser que perciba todas las cosas. No necesito a Dios para justificar la rea­lidad de esta cerveza, sino, al contrario, es la realidad permanente de esta cerveza y de todas las cosas materiales (incluso cuando ni tú ni yo ni ningún otro ser humano o ani­mal las percibe) la que me lleva a concluir su existencia. Pero, cambiando de tema, me queda todavía un argumento decisivo para hacerte ver que no tiene sentido tu afir­ma­ción de que las ideas de las cualidades primarias se parecen a las cualidades pri­ma­rias reales: sean o no sensaciones, admites que lo que conocemos de las cualidades pri­ma­rias son ideas.

D.- Por supuesto. ¿Cómo, si no, las podríamos conocer?



¿Puede una idea asemejarse a una no-idea?



B.- Dejando de lado esa presunta “garantía divina” de la que antes hablábamos, ¿hay alguna otra razón para afirmar la semejanza entre ideas y cualidades reales?

D.- Ninguna.

B.- Y no puede haberla, ya que para afirmar semejante cosa yo debería conocer tanto las ideas de las cualidades primarias como las cualidades primarias mismas, con lo cual estas últimas deberían ser también ideas.

D.- ¿Cómo?

B.- Es muy sencillo: como tú acabas de decir, lo que se conoce es, por eso mis­mo, una idea. Para poder decir que una idea se parece a una cosa debería conocer am­bas, la idea y la cosa, lo cual solo es posible si lo que he llamado “cosa” es también una idea.

D.- Es evidente que tienes razón, pero que yo no pueda asegurarlo no significa que no puedan parecerse.

B.- Sigues hablando de cosas que ni tú mismo entiendes. ¿Cómo puede una idea pa­recerse a una no-idea? Lo mismo que tú decías de las cualidades secundarias, que no tie­ne sentido hablar de un “sabor” no saboreado, hay que decirlo también de las pri­ma­rias: ¿qué son la posición y la figura sino mis ideas de la posición y la figura?, ¿cómo una figura que veo puede parecerse a algo que no veo? En general, ¿cómo una idea que co­nozco puede parecerse a algo que queda fuera de la mente y por tanto no puede ser co­nocido ni entendido?

D.- Tal vez no lo podamos conocer, pero existe.

B.- ¿El qué? ¡Ni tú mismo sabes de lo que estás hablando, y sin embargo sigues em­peñado en afirmar su existencia!



¿Existe un "algo" desconocido fuera de la mente?



D.- Está bien, concedamos por un momento que todas las cualidades (primarias y secundarias) existen solo en la mente, pero podría ocurrir que la cosa misma, el so­por­te de todas esas cualidades, sí sea real. No existen fuera de la mente ni el color de la cer­ve­za, ni su suave amargor, ni su frialdad, ni la forma de la jarra, ni siquiera su posición es­pacial, pero la cerveza misma, aquello de lo que se dicen todas estas cualidades, sí es real.

B.- Sigues diciendo cosas que nadie puede entender. ¿Qué es esa cerveza misma, aparte del conjunto de cualidades que acabas de enumerar y otras similares?

D.- Confieso que no sé decirlo con claridad, pero es absurdo pensar que estas cua­lidades se sostengan en la nada.

B.- No es que se sostengan en la nada, sino que, al ser mentales, el único soporte o sujeto real de ellas es la propia mente.

D.- Por tanto, tú no crees que Dios garantiza la verdad de nuestras ideas.

B.- Dios no tiene que garantizar nada, puesto que la verdad de una idea consiste en existir en una mente, y para la propia mente nada puede haber más cierto que esto. ¿Aca­so voy a dudar de la realidad de mis sensaciones? ¿No son para mí certísimos el frío, el color y el suave amargor de esta cerveza, tanto como la forma de la jarra y su lo­ca­lización? La realidad de todas estas cualidades consiste en que yo las siento y no ne­ce­sito pensar en ningún otro tipo de realidad incomprensible para mí.

D.- ¿Y era también real el sabor imaginado antes de probar la cerveza?

B.- Era real como idea, pero no como idea sentida en ese instante; tal vez era el re­sultado de sensaciones similares almacenadas en la memoria. De hecho, resultaba in­co­herente con el resto de las sensaciones que tenías en ese momento, por lo que tu pro­pia mente terminó rechazando su realidad y considerándola una mera fantasía. Ahora bien, piensa una cosa: si esa misma idea hubiera aparecido con más fuerza y precisión, si no te hubiera resultado tan fácil eliminarla con la sola voluntad de hacerlo y, sobre to­do, si hubiera estado acompañada por un conjunto de sensaciones coherentes con ella, na­die pensaría que le faltara algo para llegar a ser real. Pero en todo lo que he dicho no hay indicio de “existencia extramental” alguna.



El objeto como construcción subjetiva.



            Kant.- He escuchado parte de vuestra conversación y estoy deseando que me dejéis intervenir en ella.

D.- Por mí, encantado. ¿Tienes algún inconveniente, George?

B.- Ninguno. Estaba comentando en este momento que no necesitamos suponer nin­guna existencia extramental para asegurar la realidad de las cosas materiales.

I. Kant
K.- Porque has demostrado que las cualidades sensibles son subjetivas, supongo.

B.- En efecto. ¿Estás de acuerdo con esa afirmación?

K.- Sí, siempre que se matice debidamente; pero prefiero comenzar dándole la vuel­ta: la sensación es el único indicio que posee la mente de una existencia ex­tra­men­tal.

D.- ¡Cómo! ¿Quieres decir que esta jarra de cerveza, con su liquidez, color, sa­bor, temperatura y demás cualidades sensibles, existe realmente tal como está siendo per­cibida?
B.- Te recuerdo que eso es exactamente lo que yo digo, puesto que no creo que exis­ta ninguna otra realidad más que lo que percibe o es percibido. 
K.-  Esto que tú llamas “jarra de cerveza” es una construcción: la mente ha apor­ta­do una forma para sentirla y pensarla, pero lo que “llena” esa forma no es puesto por la mente.
B.- ¿Qué forma es esa de la que hablas? 
K.- Precisamente lo que no puede proceder de la experiencia, sino que es una con­dición necesaria para que haya experiencia. ¿Puedes sentir esta jarra de cerveza si no hay espacio y tiempo? De ninguna manera. ¿Puedes hacer juicios tales como “esto es una jarra de cerveza”, “la cerveza quita la sed” y otros si no tienes conceptos como “sustancia”, “causa”, etc.? Es imposible.

         B.- Cuando yo digo “esto es una jarra de cerveza”, solo quiero decir que unas cier­tas sensaciones han aparecido en mi mente.

          K.- Eso es totalmente disparatado: al hacer ese juicio tú refieres unas sensaciones a una realidad distinta de la mente, concebida como “cosa” o “sustancia”. Es un pen­sa­mien­to totalmente inevitable.

B.- Pero un pensamiento, por lo tanto algo mental.

K.- Seré más preciso todavía: se trata de un concepto a priori que nunca en­con­tra­remos en los objetos de experiencia, sino que es una condición necesaria para or­ga­ni­zar la experiencia. Si careciéramos de estos conceptos a priori la experiencia sería un caos total y seríamos incapaces de entender nada de ella.

B.- Por lo tanto, estás de acuerdo conmigo en que no podemos conocer nada fue­ra de la mente.

K.- ¡Creerás que has descubierto América! Por supuesto que estoy de acuerdo.



Ciencia, metafísica, materialismo, filosofía.



B.- Perdona que insulte a tu inteligencia diciendo cosas tan extremadamente sim­ples, pero estoy acostumbrado a tratar con personas empeñadas en mantener contra vien­to y marea, y de forma totalmente impermeable a los razonamientos, el prejuicio de la existencia de una “materia” independiente de la mente de la cual procede todo lo que exis­te y a la cual se reduce, en último término, la misma mente.

K.- Como muy bien sabes, uno de los propósitos de mi obra es el de acabar con la pretensión de los metafísicos de hacer ciencia: la ciencia tiene unos límites muy cla­ros, se ocupa de los objetos de experiencia y los estudia partiendo de unos principios que nacen de la misma razón. Una “materia en sí” independiente de su relación con el co­nocimiento humano es algo de lo que no tenemos experiencia alguna, y de lo no ex­pe­ri­mentable no podemos afirmar ni negar nada; tomar esta materia en sí como principio y fun­damento de todo lo que existe, como hacen los materialistas, es vulgar metafísica por mu­cho que se quiera disfrazar de ciencia.

B.- ¿Qué es, entonces, la jarra de cerveza?

K.- Un objeto de experiencia, es decir, construido parcialmente por el sujeto por me­dio de formas o esquemas que se aplican a una “materia” que la mente recibe no se sa­be muy bien cómo. Nosotros no conocemos las cosas en sí, sino en relación con nues­tra capacidad de conocer: no podemos salir de ella y captar la realidad incontaminada, lim­pia de esquemas impuestos. Sería como alguien que, tratando de salir de un pozo, se ti­rara a sí mismo de los pelos: por más que busquemos la “objetividad pura”, solo en­con­tramos unas formas o esquemas enteramente subjetivos (el espacio, el tiempo, el con­cepto de “naturaleza” o “materia”, etc.) sin los cuales no es posible objetividad alguna.

D.- Somos filósofos: hemos perdido nuestra ingenuidad al mirar el mundo. Las  mismas palabras “verdad”, “realidad”, “materia”, “sujeto”, “objeto” y otras significan pa­ra nosotros cosas diferentes a lo que significan para el resto de los mortales. Quizá no dis­frutemos la vida igual que ellos: probablemente la cerveza no nos sepa igual después de todas estas consideraciones.

K.- Pienso que, si solo estuviéramos en el mundo para degustar cerveza, no ha­bría­mos venido a él dotados de razón. Además, a efectos prácticos, la cerveza sigue sien­do la misma y nuestra conversación en torno a ella nos ha proporcionado un placer muy superior.

B.- Niego la premisa mayor: no es cierto que nuestros conceptos sean diferentes a los de las demás personas, simplemente ocurre que analizamos y hacemos explícito lo que todo el mundo da por supuesto sin pararse a pensar en ello. Cuando alguien dice creer en la realidad de esta jarra de cerveza, únicamente está diciendo de forma abreviada que el conjunto de sensaciones que agrupamos bajo las palabras “jarra de cerveza” están presentes en su mente de una cierta manera. Esta es la conclusión a la que finalmente hemos llegado, aunque, como ha dicho Descartes, no de forma ingenua, sino reflexiva.



[1]La denominación “cualidades primarias”/“cualidades secundarias” no procede de Descartes, sino de Locke, aunque la base para esta diferenciación (ideas oscuras o confusas, sensibles, y claras y distintas, racionales) sí se encuentra en Descartes.


[2]Esta caracterización del pensamiento de Locke no es exacta, ya que este autor admite la existencia de una cualidad primaria (la solidez o impenetrabilidad) captada por un solo sentido, el tacto. Sin embargo, el autor de este diálogo entiende que en este punto Locke es inconsecuente con su empirismo, ya que, desde esta postura filosófica, la única forma coherente de justificar la distinción entre cualidades primarias y cualidades secundarias es la arriba expuesta: “primario” es lo captado por más de un sentido (sensible común, en términos escolásticos), “secundario” lo que se capta por un solo sentido (sensible propio).


Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.