Amo el cine y amo la música, pero (salvo dos o tres excepciones) detesto el cine musical: aparente paradoja, que sin embargo no resulta extraña entre cinéfilos, me he
encontrado a más de uno en ese mismo caso. Y en este género tan poco atractivo, al menos para mi humilde persona, lo que más insoportable me resulta son esos terribles momentos en que la acción se interrumpe sin motivo, o con motivo
insuficiente, y el actor o actriz (casi siempre doblado) se pone a cantar. Vergüenza ajena.
No hay regla sin excepción (¿ni siquiera tiene excepción la regla que dice que "no hay regla sin excepción"?) y podría citar un par de casos en que actores cantando no destrozan la película: por ejemplo, me parecen
indiscutiblemente adecuadas y coherentes con la historia narrada las canciones
de Clint Eastwood en El aventurero de medianoche (una de sus películas
menos conocidas y por tanto injustamente subvalorada) y, por supuesto, creo que roza lo sublime la escena elegida
para esta entrada, primera entrega de una serie que espero larga y que he titulado "Momentos
estelares de la historia del cine".