![]() |
Hitchcock entre los asistentes al mitin: "no queremos cuerpos extraños en el río". |
![]() |
Pero sí hay cuerpos extraños: un cadáver con una corbata al cuello. |
Hitchcock
fue bautizado como “mago del suspense” casi al mismo tiempo que, aquí en España
y allí en América, la palabra “suspense”, inicialmente un barbarismo, iba
obteniendo permiso de residencia legal en nuestro idioma por la vía de los hechos
consumados. El propio Hitchcock, a quien parecía no disgustarle este apelativo
por reforzar su imagen de entretenedor supremo siempre pendiente de los
gustos del público (“el vulgo”, que diría Lope, al que “es justo / hablarle en
necio para darle gusto”), definía “suspense” como “incertidumbre acompañada de
aprensión”, y explicaba este mecanismo narrativo como el resultado de una
identificación de personaje y espectador llevada hasta el punto de que este
último se desespera por no poder comunicar al primero una información vital
para él. En uno de los ejemplos más ilustrativos de esta teoría, que podemos
encontrar en su mil veces citada entrevista con Truffaut, el espectador sabe
que hay una bomba colocada bajo la mesa en torno a la que varios personajes
conversan tranquilamente, lo que provoca un cambio radical en el significado de
dicha conversación (pasa de aburrida a apasionante) y la importancia del tiempo
en que transcurre.
Muchos
cinéfilos admiradores de Hitchcock (es difícil ser lo primero y no lo segundo)
hemos discrepado de la visión reductiva del mismo como “mago del suspense” por
entender que, antes que eso, es otras muchas cosas: por ejemplo, un incansable
explorador de las posibilidades expresivas de la imagen en movimiento o un solucionador
de problemas narrativos en términos puramente visuales. En Hitchcock el refrán
“una imagen vale más que mil palabras” se traduce más allá de su literalidad
cuando el sentido de lo que sucede ante nuestros ojos y oídos martiriales[2]
no se encuentra en lo que los diálogos dicen sino en lo que la cámara nos
muestra al margen o incluso en contra de las racionalizaciones y autoengaños a
que los personajes se someten.
Y
en esta ocasión, lo que la cámara transmite es una visión del mundo o una
filosofía de la vida: una schopenhaueriana insistencia en la irracionalidad del
mundo real y en el irremediable sacrificio del individuo ante una voluntad o
impulso superior que es la esencia del cosmos. Es lo que Hitchcock pretende
mostrarnos sin palabras. Hitchcock no
habla, pero su cámara sí.
“A
costa de sufrimientos, que nos han hecho fríos y duros, hemos adquirido la
convicción de que los acontecimientos del mundo no tienen nada de divinos, ni
siquiera de racionales, nada de compasivos ni justos… El mundo no vale lo que
hemos creído que valía: esto es quizá la verdad más segura de que nos hemos
podido apoderar”[3].
El texto es de Nietzsche, pero su contenido remite a Schopenhauer a quien sin
embargo corrige unas líneas más abajo, sin caer en la cuenta de la evidente
contradicción: “nosotros nos guardamos muy bien de decir que el mundo tiene
menos valor”. Dostoyevski fue más claro: “si Dios no existe todo está permitido”
o, dicho de otra forma, “si no hay un valor permanente todo acaba dando igual”.
Pesimismo hecho arte que no hace falta proclamar a gritos, basta con dejar que
la cámara nos muestre el mundo como es.
Hitchcock
lo hace.
Entradas anteriores de la serie:
Lo que las palabras no dicen (Centauros del desierto).
Mentiras piadosas para entendimientos infantiles (La vida es bella).
¡Toma montaje de atracciones! (El nacimiento de una nación, El acorazado Potemkin).
Entradas posteriores:
Calderero, sastre, soldado... (El topo).
Si Dios no existiera... (Los comulgantes).
En la puerta de Rashomon vivía un demonio... (Rashomon).Mentiras piadosas para entendimientos infantiles (La vida es bella).
¡Toma montaje de atracciones! (El nacimiento de una nación, El acorazado Potemkin).
Entradas posteriores:
Calderero, sastre, soldado... (El topo).
Si Dios no existiera... (Los comulgantes).
Decir y mostrar, o cómo se construyen los relatos (Fort Apache)

[1] Me
refiero al inicio de la escena de la gasolinera, tras la discusión con la
ornitóloga aficionada en el bar e inmediatamente antes del ataque.
[2]
En el doble significado de la palabra “mártir”, el etimológico de “testigo” y
el más extendido de “sufriente”, pues el mismo Hitchcock afirma cínica y poco
exactamente: “la lógica de mis películas es hacer sufrir al espectador”.
[3] F. Nietzsche:
El gay saber, libro V, par. 346.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Añade un comentario