lunes, 27 de noviembre de 2017

Los pluralistas.


Apuntes mínimos de Historia de la Filosofía, capítulo 3


Parménides marca una tajante separación entre dos períodos de la reflexión sobre la naturaleza. Antes de él, el planteamiento era buscar un único principio originario (agua, fuego, apeiron, etc.) que diera lugar a la multiplicidad actualmente existente. Parménides mostró la imposibilidad de este paso (para fragmentar la unidad originaria y transformarla en otras cosas sería necesaria la intervención del no ser), por lo que después de él el planteamiento cambia: ya no se presupone un principio único, sino que desde siempre han coexistido distintos principios; principios que ya no se transforman unos en otros, sino que, permaneciendo los mismos, se mezclan entre sí y aparecen así distintas formas de ser. A este grupo de pensadores post-parmenídeos se les da el nombre de pluralistas.
El primero de ellos es Empédocles, fuertemente influido por Parménides (de Agrigento, en Sicilia, relativamente cerca de Elea, ambas ciudades de la Magna Grecia) y por el orfismo, hasta el punto de que su pensamiento es fuertemente religioso. Concibe el universo como resultado de cuatro principios materiales independientes (los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego) que se unen y separan en virtud de dos fuerzas, Amor y Odio respectivamente. Esto da lugar a una visión del eterno retorno en que los ciclos cósmicos se repiten infinitas veces, desde el máximo dominio del Amor (los cuatro elementos fundidos en una sola esfera compacta, como el ser de Parménides) hasta la dispersión total que corresponde al predominio del Odio, y vuelta al inicio.
Anaxágoras, natural de Clazomenes pero que ejerce en Atenas, no se limita a cuatro principios, sino que los multiplica casi hasta el infinito: los llama homeomerías y son partículas invisibles distintas entre sí, que corresponden a las múltiples especies de seres. Cada ser posee homeomerías de todas las especies, aunque la cantidad mayor corresponde a la especie a la que pertenece: de esta forma se puede decir que “todo está en todo”. Y de esta forma, también, se explica la posibilidad del cambio: un ser cambia porque varía la proporción de las homeomerías que lo componen, pasando de una especie a otra.
En su explicación sobre la naturaleza, Anaxágoras tiende a des-divinizarla, afirmando por ejemplo que la Luna es una roca y no un ser divino. De hecho fue acusado de asebeia (impiedad), como después lo serían Sócrates y Protágoras. Es posible que, como precaución contra posibles acusaciones, Anaxágoras introdujera (artificialmente, según Platón) una Inteligencia divina o Nous que dirige la totalidad de los cambios.
Frente a la melancolía de Heráclito, la alegría de vivir de Demócrito.
Todo lo contrario de Demócrito, que rechaza todo finalismo en favor de una explicación puramente mecanicista y materialista. Los principios son los átomos, partículas que, a diferencia de las homeomerías de Anaxágoras, son cualitativamente idénticas entre sí, distinguiéndose solo por su posición y movimiento. Aparte de los átomos, Demócrito afirma la existencia de un espacio vacío (un cierto no-ser) donde los átomos se desplazan, siempre en línea recta. Los choques entre átomos dan lugar a sus uniones y separaciones, y de estas proceden la totalidad de los seres. Todo, incluidos el alma y los dioses, está hecho de átomos. La teoría de Demócrito, tal como él la expone, lleva al determinismo (lo que sucede, solo puede suceder de una forma), lo que haría que Epicuro, aceptándola básicamente, viera necesario introducir alguna modificación para salvar la libertad humana y con ella la posibilidad de la ética.

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