jueves, 4 de enero de 2018

Empirismo antimetafísico: David Hume

Apuntes mínimos de Historia de la Filosofía, capítulo 17


David Hume representa la culminación del empirismo británico. Su empirismo puede desglosarse en dos principios, uno netamente psicológico (referido al origen del conocimiento) y otro epistemológico (referido a la validez del conocimiento), aunque en Hume estos dos aspectos no son tan fácilmente separables como en otros empiristas posteriores.
a) Principio psicológico: toda idea procede de alguna impresión, de la cual es una especie de copia debilitada.
b) Principio epistemológico: todo conocimiento válido expresa bien una relación de ideas (no informativa), bien una cuestión de hecho que solo puede ser conocida por la experiencia[1]. Tanto en un caso como en el otro las ideas son significativas solo si puede mostrarse la impresión de la cual proceden (solo se entienden si representan objetos empíricos, las llamadas "ideas generales" son -como en el nominalismo de Ockham- ideas particulares difuminadas que pueden representar varios objetos semejantes).
Hume insiste en la experiencia como fuente y a la vez límite del conocimiento. El razonamiento se limite a organizar, relacionar y clasificar los datos obtenidos de la experiencia, pero es incapaz de añadir un solo dato nuevo. El llamado razonamiento causal, que parece ir más allá de la experiencia (pues permite predecir lo que la experiencia todavía no ha mostrado), no hace otra cosa que expresar la creencia generada en la mente por el hábito de comprobar que objetos similares producen efectos similares: puesto que he visto varias veces que vasos de cristal se rompen al chocar con el suelo, espero que el mismo efecto se produzca la próxima vez que un vaso caiga al suelo; y así en todos los ejemplos de relación causa-efecto que podamos pensar. No hay certeza necesaria, solo generalización de lo observado en cierto número de experiencias pasadas.
Estatua de David Hume, vestido con túnica (?), en Edimburgo
Lo que va más allá de los límites de nuestro conocimiento es utilizar el mismo concepto de causa para extraer conclusiones fuera del campo de la experiencia posible, tal como lo hacen por ejemplo Locke (el mundo exterior como causa de mis ideas y Dios como causa del mundo), Descartes o Tomás de Aquino. La metafísica, además de abusar de los razonamientos causales, opera con ideas vacías de impresión y por tanto de significado (pseudoconceptos): eso sucede con la idea de sustancia como soporte invisible de cualidades visibles y la idea de yo, alma o sustancia espiritual, lo que permanece idéntico a lo largo de la vida, que no corresponden a impresión alguna; lo mismo ocurre, con mayor evidencia aún, con la idea de Dios. En resumen, Hume declara tajantemente la invalidez de la metafísica, a la que hace objeto de ataque furibundo en un “incendiario” texto mil veces citado[2].
El empirismo de Hume tiene otro campo de aplicación en su teoría ética, a la que se ha dado el nombre de emotivismo moral. Como buen empirista, Hume no puede admitir que el conocimiento del valor moral pueda ser a priori; debe, por tanto, fundarse en la experiencia. Es inútil utilizar la razón para analizar un hecho en busca del bien o del mal moral: nunca lo encontraremos. La idea de bondad o maldad procede más bien de la reacción emocional que provoca este hecho en un espectador del mismo. ¿Son, por tanto, las ideas morales subjetivas e insuperablemente individuales? No, pues encontramos en todos los hombres un sentimiento común, al que Hume llama humanidad (empatía), que consiste en alegrarse con la felicidad ajena y compadecerse del sufrimiento ajeno. Este sentimiento de humanidad es la auténtica base de la moralidad, que consiste por tanto en desear el bien de los demás y aborrecer el sufrimiento incluso en el caso de que a mí personalmente no me afecte.

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[1] A lo que Hume llama cuestiones de hecho, Kant lo llama juicios sintéticos, y a lo que Hume llama relaciones de ideas, Kant lo llama juicios analíticos. Por tanto, la tesis de Hume (y de todo el empirismo posterior) se puede caracterizar así: no hay juicios sintéticos a priori.
[2] “Si cogemos cualquier volumen de teología o metafísica escolástica, por ejemplo, preguntemos: ¿Contiene algún razonamiento abstracto sobre la cantidad y el número? No. ¿Contiene algún razonamiento experimental sobre cuestiones de hecho o existencia? No. Tírese entonces a las llamas, pues no puede contener más que sofistería e ilusión” (D. Hume: Investigación sobre el conocimiento humano, sec. 12).

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